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velada íntima

«¿Te lo muestro?» Dice ella casi entre sueños, arrullándose con sus propias palabras, apoyada la cabeza sobre el pecho de él que la mantiene en un vaivén somnoliento. «¿Te lo muestro?» Repite con un tono pícaro, su voz arrastrada mientras alarga pesadamente el brazo buscándole la cabeza para asirse a su cabello.

Él aspira hondo, un pitazo al cigarrillo, deja que se llene su boca con el humo, lo expulsa sin expulsarlo, la boca abierta y el humo escapa, pero quiere permanecer junto a ellos como un venenoso espectador pálido de la conversación. Da otro pitazo y esta vez expulsa con fuerza para ahuyentar al voyeur diáfano. «Claro» Responde tosiendo y ocultando su boca tras la mano «De vos quiero conocerlo, verlo todo».

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náufrago

Abro los ojos en la hora en que la mayoría de los que ambicionan con algo
se alistan para alcanzar sus sueños de a poco
de a día
me revuelco en la cama y escucho los primeros vehículos rugir
escucho las carretas sobre un asfalto que les niega tranquilidad
busco el sueño, pasmado como quien tiene demasiadas preocupaciones
o como el que ya no tiene ninguna y espera su turno
Sin notarlo, caigo
las carretas, la gente, avanzan.

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Extraviado

Aquí estoy. En medio de nada, en el interior de un país sin nombre; un lugar en el que se extienden cultivos a este y oeste, en el que la única certeza es un sol que vierte odio sobre mí. Lo demás se va creando conmigo; la carretera que divide la planicie, generada, en la tierra estéril, por las toneladas sobre el caucho que viajan y dejan únicamente un recuerdo polvoriento con su paso apresurado; los árboles que se asoman, de aspecto milenario, sombrío, y contemplan el mundo y su degradación. La extensión es infinita, irreal. Sigo el camino creado por la civilización; me pregunto qué llevarán las volquetas a cuestas en una zona en la que sólo parecen existir cultivos triviales, básicos para la subsistencia y me pregunto dónde está el dueño de cada plantación porque la presencia humana, aparte de mí, es nula, incluso en los vehículos que no tienen descanso y se dedican a pasar de manera monótona, viciada.

Sigo en solitario, sin buscar un destino específico mas sí una salida de algún tipo. Los pasos me acercan a una encrucijada. El sol es ahora cosmético. En la tierra árida se imponen los árboles, inmensos, con tanta existencia en sí mismos que lucen indiferentes ante la vida y la muerte; sus ramas se abrazan, se unen y simulan una noche de luna menguante en la que las sombras no dejan morir completamente los detalles. Te telefoneo desde allí y te cuento de este lugar, de cómo los troncos se alzan imponentes y no permiten que nada los intimide; que los árboles emanan presencia y no sé explicártelo; y te digo que los fotografiaré para ti, que luego te los mostraré, y con eso te miento; te digo también que me encantaría que estuvieses aquí, pero me guardo la razón.

El camino me da tres opciones, porque el retorno nunca fue la cuarta. Da igual cuál escoja. Saco un mapa de mi bolsillo; me ubico en él, me doy cuenta de que estoy en un valle africano, en una nación que no existe. Estoy perdido. Si pudiera despertar en este instante, no conseguiría regresar, no encontraría la salida que ahora dudo si busco; una parte de mí permanecerá extraviado en esta encrucijada en la que seguir una dirección significa errar hasta el infinito, o en la que quizás no habrá más que esto. Una parte de mí permanecerá extraviado, la parte que no pudo despertar, no pudo, que no pudo escapar; esa parte de mí que te escribe esto, para que sepas que no te olvido a pesar del espacio y la distancia que aquí no existen ya; desearía enviarte una fotografía de esos seres que no me juzgan, que sólo parecen mirarme sin curiosidad mientras no me decido.

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Ajeno

…mi abuelo y mi padre llevaron el trabuco con la esperanza de cazar milanos, y el que se acuesta conmigo

(pero que no me ha visto desnuda, Ana)

se quedó mirándolos apoyado en un tronco de acacia, callado e insignificante como siempre, tan callado como yo en mi cuarto a lo largo de los días, tan callado como yo, encerrada entre el perfume de flores de la diabetes, apoyado en la acacia sonándose, mirándome y olfateando la brisa, y de repente me di cuenta de que se iba, me di cuenta de que ya no se quedaría conmigo en la vivienda de la Quinta do Jacinto machacada por el traqueteo de los trenes, me di cuenta de que ya no me hablaría, durante la noche, de episodios antiguos en una casa que había dejado de existir, donde un aria de ópera bajaba del desván como la lluvia meona de octubre, quise llamarlo por su nombre, quise decirle Espera, mi tía buscaba su propia sangre en las dunas, los pinos ceceaban al viento, el que se acuesta conmigo abandonó el tronco de acacia y corrió unos pasos agitando las mangas hacia arriba y hacia abajo,

(Qué se habrá hecho del Señor Jorge en Tavira, qué se habrá hecho del Señor Fernando, y de Doña Anita, y de Doña María Teresa, y de la costurera, y del hijo de la costurera, y de la otra, ellos creen que no vi a la otra pero la vi, la que tal vez sea mi madre, dándole cuerda al gramófono)

y tropezó con un canal de riego, y cayó, y se levantó, y volvió a correr,

(y yo a él No te vayas, dado que me había habituado a su silencio, dado que me había habituado a tenerlo, a que le gustara, en el banco del nogal, dado que acaso me gustaba, Ana, pese a que le impedía que me acariciase)

y se levantó unos centímetros, con su sombrero tirolés, encima de las cebollas, del trébol, del apio, de las patatas, y yo Quédate, y mi tía, paseándose entre los llorones, Jaras, y apestaba a pescado y las gaviotas iban y venían de la plaza hacia el mar y del mar hacia la plaza,

(y yo que le pedía Bésame, y yo que lo invitaba Tócame, estoy aquí, tócame)

y se elevó más, y comenzó a subir, y traspasó la copa de la acacia, y yo me acordaba del snack-bar, me acordaba de las infusiones de limón contra la gripe, me acordaba de la sonrisa, me acordaba sobre todo de la sonrisa, No me dejes, háblame de Ericeira, háblame de Benfica, háblame, abrazado a mí, de cómo era tu vida antes de conocerme, y mi padre y mi abuelo en las tomateras husmeando milanos, y mi abuela que freía pescado en la cocina, y mi tía en busca de sí misma en las dunas,

(Jaras)

y él se distanció del árbol y continuó subiendo, ya apenas distinguía sus facciones, ya apenas distinguía su sombrero tirolés, ya apenas distinguía su gabardina, la sirena se callaba y recomenzaba y él era una gotita encima del pueblo, encima de Esposende que detesto, detesto Esposende, Vuelve, yo pedí Vuelve, Ana, pedí Vuelve, no me molesta que os burléis de mí, Vuelve, conversa conmigo, vuelve, prometo que no volverás a sentarte en el banco de piedra de la parte trasera, acuclillado entre el centelleo de las coles, perdona,

y en esto mi abuelo lo señaló con el dedo, Mira uno allá que se escapa, Domingos, mi padre levantó la escopeta, todo se detuvo con el estampido, las hortalizas, la acacia, las gallinas, los edificios de la plaza, las gaviotas, y yo entré muy deprisa a casa para no verlo desplomarse, sangrando, en el huerto…

El orden natural de las cosas – António Lobo Antunes

Cita
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Elección

Caminar con vos bajo un cielo indeciso, bipolar, gris manchado de azul que derrama sudor frío sobre nosotros; charlar, recorrer las calles angostas “como de pueblo” decís; visitar los recuerdos de una época en la que la timidez se ocultaba en el ginebra y la noche se convertía en un pacto de lujuria disimulada. Discutir la vida sobre el asfalto, ver pasar las casas adornadas con espectros y arañas gigantes en sus balcones; olvidar el mundo, apoderarnos del tiempo abrazados por la fría brisa de octubre. Ambos deseamos al unísono el pitazo de un vicio abandonado, no olvidado, añoramos el gusto amargo del tabaco en nuestras narices al salir el humo.

Caminar con vos por una calle de barrio, disfrutar tu perfil, observar tu boca colorada realizar acrobacias sobre tu mentón; analizar los cambios en tu expresión, haciendo conjeturas de lo que se gesta y muere constantemente en tus pensamientos; ver tus ojos invocando felicidad más allá de las montañas, donde el azul se tiñe de un rosa apenas perceptible que identificas fácilmente como a cualquier color engañoso que se cruce en tu mirada.

Alguna vez me dijiste que quizás caminaríamos separados, viéndonos a la distancia, buscándonos en la ilusión. No quiero eso; prefiero estirar el camino en tu compañía, alejar el destino de nuestros pies así como se aleja la eternidad en el tiempo cuando nos vamos juntos por la ciudad y charlamos de nosotros, de lo que nos importa.

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fragmentos, Propios, tratamiento

Un viernes cualquiera [en_proceso]

«Espérame aquí».

«Pero quiero ir contigo».

«No, mi vida, quédate aquí que no tardo; en veintiquince parpadeos regreso».

«No me quiero quedar solita, mami».

«Mi vida, es peligroso por los carros, quédate aquí y cuida la cartelera para que la gente la vea…».

El carro arranca y mi nariz dibuja una raya grasosa en la ventanilla; yo no escucho lo que dicen y tampoco les entendería porque ellas hablan otro idioma; eso me dijo mi papá, que tienen la lengua diferente, ¿será como la de las culebras? Pero no importa qué idioma hablan porque estoy segura de que la mamá le habla bonito a la hija, como mi mami a mí.

Antes no estaban. Entonces cuando el carro paraba, yo jugaba a parpadear hasta que la luz roja se apagaba y se prendía la verde: a veces se demoraba veintiquince parpadeos y otras treceyocho y así. Después aparecieron ahí sentadas con una cartelera como las del colegio y desde entonces, cuando la luz roja está encendida, la mamá se para y pasa por los carros y algunas personas le entregan algo, pero mi papá no, él se queda mirando hacia el frente como si ella no estuviera ahí estirando la mano y yo hago lo mismo cuando me pasa cerquitica por la ventanilla, como jugando a las estatuas, y la niña se queda sola y a veces llora y le salen mocos como a mí y la mamá se devuelve y la abraza y la limpia con la falda sucia, y a mí mi mami no me deja tener la ropa sucia porque cuando se ensucia, ella se enoja y me la cambia regañándome, pero la niña tiene la falda sucia y también la cara y la mamá la abraza y le da besos en la frente. ¿Será que ella quiere más a la hija que mi mami a mí? Y siempre las veo allí; entonces un día le pregunté a mi papá por qué están ellas dos ahí cuando pasamos, y me dijo algo que tiene que ver con que la tierra se había desplazado y se rascó la cabeza como cuando yo no le entiendo a la profesora, y se puso a hablar por teléfono así que ni le pregunté por el papá de la niña porque debe saber menos que yo.

Miro por la ventana grande de atrás a la señora abrazando a la niña y arreglándole el pelo; se están volviendo chiquitas como puntos y sigo sin escucharlas, pero la niña le debe estar diciendo a la mamá que después de cenar quiere ir al centro comercial a comer helado, porque ¿qué más se quiere un viernes? Eso es lo que me gusta hacer los viernes. Aunque antes tiene que lavarse la cara y cambiarse el vestido por uno limpio. Yo no he visto niñas sucias en el centro comercial.

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