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cuento [fragmento]

¿Cuántas veces le advertirían sobre los peligros del monte? Unas veinticinco, mal contadas. Veinte su madre y otras cinco su padre, sí, porque él era callado aunque la miraba siempre con amor, y las cosas se las decía con su vozarrón que la arrullaba. Se lo dijeron tanto, y tanto y tanto y tanto, que al final dejó de prestar atención y las palabras lo único que produjeron fue un entumecimiento en su cerebro con la repetición, de manera que las frases perdieron su destino. Hay que darles el beneficio de las primeras tres a cada uno, pero luego ella se abrumó y debido a su naturaleza impaciente, impulsiva, simplemente dejó de entender porque así lo dispuso. Porque a ella, la de los ojos tan oscuros y tan brillantes tanto en la noche como en el día; a ella, de cabellos finos y tostados, y de sonrisa que ocupa medio rostro; a ella sólo le interesaba descubrir el mundo, únicamente eso, porque su corazón se lo susurraba cada noche, cada mañana al abrir los ojos y percatarse de que quien miraba hacia el techo era su alma, no otra, y entonces su corazón —con latidos suaves primero y luego rápidos— le imploraba que se atreviera a ir más allá de la empalizada. Se lo dijo a su madre, que al escucharla supo que nada la detendría porque la conocía como a sí misma, era verse décadas atrás; su hija era su extensión,  una estela que por serlo, no era menos intensa que el núcleo que la engendró; continuaba siendo la misma esencia. La madre, luego de varias noches en vela, decidió contarle al padre quien conocía los peligros que acechaban más allá de los límites de la casa, unos límites que él había extendido con todo el sudor de su juventud, todo excepto el que se le derramaba por las noches junto al de su mujer en la intimidad.

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fragmento [en_proceso]

Mi mamá quiere mucho a mi hermanito, y mi papá. Yo también lo quiero, pero él de mí no se deja. Cuando está jugando yo me le acerco; yo quiero abrazarlo y darle besos como hace mi mamá con él, y acariciarle la cabeza con la mano, como peinándolo; yo me le acerco y ahí mismo se pone a llorar. Mi mamá se enoja conmigo por eso, pero yo no hago nada malo, yo creo que no hago nada malo, si solo lo quiero acicalar como hace ella; entonces me dice que lo deje quieto y ella se le acerca y comienza a hacerle mimos, los que no me hace a mí y le quiero hacer yo a él ¿Por qué no me los hace a mí? Doña Graciela también se los hace a Anita. A él le habla bonito y le da picos en la frente, en cambio a mí me habla como si yo fuera el niño que hace mandados, que le dice haga esto y aquello, aunque a él le da las gracias. A mí no. Mi hermanito es muy consentido; me gustaría ser consentida, que mi mami me cepille el pelo… como doña Graciela se lo cepilla a Anita; yo a mi muñeca la peino pensando que soy mi mamá, entonces ahí mi muñeca se llama Sandra como yo, Sandrita le digo, aunque para los demás es Marta, que no tienen que saber. Le doy besos en la frente y le canto para que se duerma; no la dejo sola hasta que se duerma, así como mi mami hace con mi hermanito. También la visto con ropa muy muy bonita que le hace mi papá; él es… es… él hace ropa y la gente se la compra porque le queda muy bien y porque huele muy rico; como él. Pero la que le queda mejor es la que hace para mí y para Sandrita porque la hace con mucho amor; eso me lo dice al oído pasitico. Yo casi nunca lo veo; cuando lo veo, es de noche; él entra y yo voy y lo abrazo y él me levanta, me da un beso en la mejilla y me baja; mi mamá mira desde el corredor con los brazos cruzados. Siempre está cansado, yo sé porque él le dice mucho eso a mi mami y porque sus ojos están igualitos a los míos cuando me miro en el espejo al levantarme muy temprano para el baño. Es muy serio pero yo sé que me quiere porque cansado y todo me abraza y me da vueltas y vueltas en el aire y yo me río mucho; y cuando me habla, él me mira, siempre me mira y a veces se sonríe, pero cuando está mi mamá, ya es como si yo no estuviera ahí. Ella casi nunca me mira cuando me habla, en cambio a mi hermanito sí; cuando le da compota, cuando lo viste, cuando lo peina después de bañarlo… Entonces yo no sé ¿Será que mi mami sí me quiere? Si no fuera siempre tan brava conmigo, le preguntaría. Yo quiero que me quiera, pero yo no sé cómo.

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cuento [tratamiento#3-fragmento]

Tenía que apoyarme a las paredes; el piso parecía un puente colgante azotado por una ventisca, mis pies se deslizaban, ausente la fricción, las piernas se doblegaban, amenazando con desfallecer. Mis pasos eran cortos y dubitativos. El sonido acelerado de las cuchillas revolucionadas se incrementaba, inundando el corredor con un gemido metálico; anulaba cualquier idea que pudiera gestarse en mi cabeza. Le grité a K para que acallara el estruendo, pero mi voz se desvanecía al rozar los labios. Iba despacio, acercándome por fin a la cocina. El estrépito murió.

Bajo el umbral de la puerta, comencé a temblar. Lo que tenía en frente me causó horror; sentí náuseas. K estaba en la mesa de la cocina, con un brazo metido en el vaso de la licuadora. El contenido del vaso era su carne despedazada; la sangre contaminaba su rostro, adornaba las paredes y el techo, como un remedo cruento de un cuadro expresionista abstracto. Ella me miró y encendió la licuadora con su brazo adentro. El vaso arrojó más grumos de sangre; le grité que parara, en vez de hacerlo, aumentó la velocidad del motor. Me acerqué a ella y caí de rodillas, aferrándome a su vestido; le rogué que la apagara. Le pedí perdón, llorando. Alcé la vista hacia ella, que no cedía en su acción. Su rostro despedía, hacia mí, un reproche escarlata.

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Un viernes cualquiera [en_proceso]

«Espérame aquí».

«Pero quiero ir contigo».

«No, mi vida, quédate aquí que no tardo; en veintiquince parpadeos regreso».

«No me quiero quedar solita, mami».

«Mi vida, es peligroso por los carros, quédate aquí y cuida la cartelera para que la gente la vea…».

El carro arranca y mi nariz dibuja una raya grasosa en la ventanilla; yo no escucho lo que dicen y tampoco les entendería porque ellas hablan otro idioma; eso me dijo mi papá, que tienen la lengua diferente, ¿será como la de las culebras? Pero no importa qué idioma hablan porque estoy segura de que la mamá le habla bonito a la hija, como mi mami a mí.

Antes no estaban. Entonces cuando el carro paraba, yo jugaba a parpadear hasta que la luz roja se apagaba y se prendía la verde: a veces se demoraba veintiquince parpadeos y otras treceyocho y así. Después aparecieron ahí sentadas con una cartelera como las del colegio y desde entonces, cuando la luz roja está encendida, la mamá se para y pasa por los carros y algunas personas le entregan algo, pero mi papá no, él se queda mirando hacia el frente como si ella no estuviera ahí estirando la mano y yo hago lo mismo cuando me pasa cerquitica por la ventanilla, como jugando a las estatuas, y la niña se queda sola y a veces llora y le salen mocos como a mí y la mamá se devuelve y la abraza y la limpia con la falda sucia, y a mí mi mami no me deja tener la ropa sucia porque cuando se ensucia, ella se enoja y me la cambia regañándome, pero la niña tiene la falda sucia y también la cara y la mamá la abraza y le da besos en la frente. ¿Será que ella quiere más a la hija que mi mami a mí? Y siempre las veo allí; entonces un día le pregunté a mi papá por qué están ellas dos ahí cuando pasamos, y me dijo algo que tiene que ver con que la tierra se había desplazado y se rascó la cabeza como cuando yo no le entiendo a la profesora, y se puso a hablar por teléfono así que ni le pregunté por el papá de la niña porque debe saber menos que yo.

Miro por la ventana grande de atrás a la señora abrazando a la niña y arreglándole el pelo; se están volviendo chiquitas como puntos y sigo sin escucharlas, pero la niña le debe estar diciendo a la mamá que después de cenar quiere ir al centro comercial a comer helado, porque ¿qué más se quiere un viernes? Eso es lo que me gusta hacer los viernes. Aunque antes tiene que lavarse la cara y cambiarse el vestido por uno limpio. Yo no he visto niñas sucias en el centro comercial.

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prueba [tratamiento#2]

¿Cómo se lo explico? ¿Usted ha sentido que le rasgan la garganta en vertical? ¿O que le arrancan el estómago? No, no como un dolor normal o un cólico, es una sensación de vacío ahí donde debe ir el estómago ¿Ha sentido que su corazón no aguanta más y se va a parar? Pero no por cansancio, no es eso, es una ansiedad que lo golpea, que lo lastima y lo siente agitado y, si se mira las manos, las va a ver temblorosas aunque realmente no lo estén; se lo aseguro. Es una frustración que se le quiere salir de un grito, de uno que no se acabe nunca, porque usted no quiere que ese grito termine, quiere morirse con él porque sabe que si no se muere en ese instante, se larga a berrear como un niño de brazos y ese lloriqueo aumenta la frustración, el vacío, la impotencia por la nada; usted de veras añora que ese grito no termine porque cuando suceda, va a querer ir por una pistola para pegarse un tiro, o amarrarse una soga en el cuello. Se lo aseguro que no quiere que se acabe, ni siquiera que comience, como a mí, que ya se hizo inevitable y ni tengo soga o pistola, pero sí un balcón que me está invitando a saltar; se hizo inevitable porque cuando termine de hablarle, no me va a quedar nada más: esto es lo último, lo único. Entonces esto es algo así como una despedida, y le tocó a usted.

Lo lamento si le molesta o si lo hace sentir mal, créame, no es mi intención, usted nada tiene que ver, pero no hubiera podido encontrar alguien mejor para desahogarme; usted, la persona perfecta, la víctima si lo quiere ver así. Y de verdad lo siento, pero es el riesgo de toparse con extraños. No, no es necesario que intente hacerme hablar de más, no es su obligación ni mucho menos, usted no se preocupe por eso; le prometo que no lo hago responsable de lo que suceda porque ¿qué culpa tiene de estar en estas? Nadie podría culparlo; aún si partiera ya, nadie podría hacerlo, yo dejaría por escrito que nada tuvo que ver… si tuviera cómo. Se lo aseguro. ¿Tiene pluma y papel?

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cuento {sintitulo(aun)}[tratamiento#4-fragmento]

La aguja se zarandea y palpa delicadamente entre los surcos, cada sima, cada pico. Acaricia con gentileza el vinilo y lo descifra golpe tras golpe como leyendo en braille. Viaja estática en una espiral descubriendo la historia de una veleta que se carcome en el olvido. Y la historia, entre cuasi imperceptibles siseos, se apodera apaciblemente de las habitaciones dejando el rastro de la brisa mediterránea que estremeció a la veleta y luego la corroyó con su ausencia. El sol irrumpe a tientas por entre las celosías y expone de manera mediocre, un regordete sofá de terciopelo verde –ajado y moteado por los inexorables hábitos de un felino– que disimula su cojera con un pequeño arrume de revistas y libros de bolsillo; al frente, un pequeño televisor gris que descansa sobre un mueble sostiene detrás suyo, como un par de cuernos metálicos que se yerguen dubitativos hacia el techo en un ángulo obtuso, una antena doble de aire rendida al ajetreo en su juntura, por la mala recepción de la señal. Bajo el sofá que descansa frente al televisor, bajo la mesa magullada y polvorienta e impregnada de refresco y leche seca y llena de revistas rasgadas con artículos triviales que está entre el televisor y el sofá, y bajo el mueble improvisado que sostiene al televisor, yace una alfombra del color sucio del invierno de la que se desprenden infinitas partículas diminutas excitándose ocasionalmente con el compás de los graves.

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fragmento [tratamiento#1-en_proceso][02.09.2014.2111]

Pienso que a todos nos pasa que, en muchas ocasiones, sentimos que ya fue suficiente de todo, y lo mejor es  renunciar, renunciar completamente. Y uno suele evadir ese sentimiento y continuar. Esos momentos llegan a veces, continuamente y bombardean la cabeza; entonces los pensamientos se deforman y si existía algún tipo de norte en la vida, se hace irreconocible; la brújula se avería, el corazón se apachurra y todo se vuelve una confusión. Uno suele salir de eso (no todos). Es como una selva, un camino enramado, ramas espinosas; un camino espeso en el que la única manera de salir es abrirse paso con el propio cuerpo. Sí, querido, es verdad que muchos sucumben antes de llegar; es un laberinto y encontrar la salida no es fácil y la salida no es siempre la misma. Es algo muy engañoso, ¿sabes? De seguro que sí. El asunto es que si uno logra salir, el cuerpo, que es realmente el alma, sale lastimado, herido y sangrante y toma un tiempo recuperarse, y al hacerlo, mira uno las cicatrices, sí, la experiencia, y se siente bien, se siente orgullo. La verdad es que no todos lo toman así; yo hablo desde mis vivencias e intento generalizar lo que he aprendido, hombre, pero lo hago porque sé que a otros les ha sucedido así y los he visto caer en el intento. Si miras toda tu vida, ves que a través de ella, hay muchos momentos que te marcan; unos más intensos que otros, inclusive unos que te avergüenzan y otros que los justificas, y puede que te estés mintiendo, que hayas sido flojo por caer en ello pero piensas que no podía ser de otra manera y te sientes orgulloso del resultado final. Lo noto en tus ojos, en esa sonrisa nerviosa que intenta esconderse, y en el fondo sabes que fuiste un debilucho por permitirte caer de esa manera tan tonta. Las consecuencias en cada uno son diferentes, sí, te lo digo por experiencia; a algunos esas cicatrices los vuelven fuertes y al mismo tiempo insensibles, al igual que los callos que te permiten funcionar tu adminículo para el trabajo diario; a otros, las cicatrices los dejan vacíos por dentro sin la suficiente fuerza para sostenerse, se tornan en tejido muerto sin ningún tipo de valor. Aparente. A veces hay que encontrarle el valor que se esconde bajo su superficie para lograrlo.
Te preguntas por qué tanta palabrería. No lo hagas, simplemente sigue ahí, así como yo sigo acá; total no será por mucho. tiempo. Probablemente olvidarás luego todo esto, querido, y está bien ¿por qué no habría de estarlo? Yo lo haría, pero no puedo. Tú sí. Uno tiene un límite, uno, sí, yo, ya sabes que intento generalizar por las cosas que he vivido. Uno tiene un límite, y el de cada cual puede estar más acá o más allá, de cualquier forma no importa, aunque podría importar dependiendo del contexto, ¿cierto?, claro que sí, pero para este caso, querido, no importa. Lo que importa es haber llegado al él. Yo, por ejemplo, lo alcancé. Llegué y lo crucé, y miro hacia atrás y nada tiene sentido, casi nada; digamos que lo importante ya lo no tiene, y si eso sucede, ¿qué lo tiene? Muy pocas cosas. Tú ya sabes lo que vine a hacer yo acá. ¿Por qué no en un sitio alejado de todo, te preguntas? ¿Por qué a pesar de que ya casi nada importa, vengo a este lugar a pasar mis últimas horas en vez de estar en, por ejemplo, un bosque donde no podrían encontrarme y las posibilidades de lograr mi cometido serían más altas? Es la misma razón por la que a un condenado a muerte se le otorga un último deseo; por la que éste decide darse un último gusto y fumarse un cigarrillo o disfrutar platos exquisitos antes de acabar rostizado. Quiero eso, terminar con un gustillo en el alma antes de irme; mirar por el ventanal la inmensa ciudad, ver todas esas luces titilando, querido, y saber que cada una multiplica la vida, que hay miles, millones de historias bajo el calor que producen. Es hermoso saber que todo continúa. No quiero que me veas llorando, prometí no derramar lágrimas, porque podrían confundirse con arrepentimiento. Y no es así. Siempre me gustó cómo esa hilera de allá forma una gran zeta. Me encanta este lugar, es un buen lugar para irse; la iluminación, me encanta la iluminación de este lugar. La opulencia. Cuando lo veía desde afuera sentía deseos de vivir aquí, sentía que lo merecía. Ordenar el desayuno, almorzar con un martini, pasar la tarde con bellas mujeres, en las noches fiestas desenfrenadas; pensaba que lo merecía, creo que aún lo pienso, por algo estoy aquí ¿cierto? Es una manera de fantasear con esos momentos acá en solitario, ¿ya te dije que me encanta la luz de este lugar? Imagino que alguien afuera está también mirando las luces de la ciudad, y entre todas ellas, está escondida ésta, y quizás esa persona piense lo mismo que yo acerca de las historias que calienta cada una con su brillo blanco, amarillo, prismático, e increíblemente una de esas historias es la mía; es una lástima que termine así, pero no puede ser de otra forma. Si me hubieras preguntado treinta años atrás, si hubieras estado con la conciencia suficiente en ese entonces para haberlo hecho, cómo acabaría mi vida, te habría respondido, qué sé, que hubiera muerto de un paro cardíaco mientras estaba con alguna mujer, por esta edad más o menos, pero no de esta manera. Aunque no me culpo, bueno, lo hice pero me perdoné, y dar esta clausura no es un castigo sino un descanso, algo que merezco desde poco más de una década, porque estoy cansado, querido, fatigado hasta los tuétanos…
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