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Extraviado

Aquí estoy. En medio de nada, en el interior de un país sin nombre; un lugar en el que se extienden cultivos a este y oeste, en el que la única certeza es un sol que vierte odio sobre mí. Lo demás se va creando conmigo; la carretera que divide la planicie, generada, en la tierra estéril, por las toneladas sobre el caucho que viajan y dejan únicamente un recuerdo polvoriento con su paso apresurado; los árboles que se asoman, de aspecto milenario, sombrío, y contemplan el mundo y su degradación. La extensión es infinita, irreal. Sigo el camino creado por la civilización; me pregunto qué llevarán las volquetas a cuestas en una zona en la que sólo parecen existir cultivos triviales, básicos para la subsistencia y me pregunto dónde está el dueño de cada plantación porque la presencia humana, aparte de mí, es nula, incluso en los vehículos que no tienen descanso y se dedican a pasar de manera monótona, viciada.

Sigo en solitario, sin buscar un destino específico mas sí una salida de algún tipo. Los pasos me acercan a una encrucijada. El sol es ahora cosmético. En la tierra árida se imponen los árboles, inmensos, con tanta existencia en sí mismos que lucen indiferentes ante la vida y la muerte; sus ramas se abrazan, se unen y simulan una noche de luna menguante en la que las sombras no dejan morir completamente los detalles. Te telefoneo desde allí y te cuento de este lugar, de cómo los troncos se alzan imponentes y no permiten que nada los intimide; que los árboles emanan presencia y no sé explicártelo; y te digo que los fotografiaré para ti, que luego te los mostraré, y con eso te miento; te digo también que me encantaría que estuvieses aquí, pero me guardo la razón.

El camino me da tres opciones, porque el retorno nunca fue la cuarta. Da igual cuál escoja. Saco un mapa de mi bolsillo; me ubico en él, me doy cuenta de que estoy en un valle africano, en una nación que no existe. Estoy perdido. Si pudiera despertar en este instante, no conseguiría regresar, no encontraría la salida que ahora dudo si busco; una parte de mí permanecerá extraviado en esta encrucijada en la que seguir una dirección significa errar hasta el infinito, o en la que quizás no habrá más que esto. Una parte de mí permanecerá extraviado, la parte que no pudo despertar, no pudo, que no pudo escapar; esa parte de mí que te escribe esto, para que sepas que no te olvido a pesar del espacio y la distancia que aquí no existen ya; desearía enviarte una fotografía de esos seres que no me juzgan, que sólo parecen mirarme sin curiosidad mientras no me decido.

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Feliz viaje

A Yhorman Gelvez.

Había una tienda ubicada al lado de una autopista que parecía atravesar al mundo en el que me hallaba. El sol permanecía estático, casi tocando el cénit y una brisa arrastraba lejos su furia, dejando sólo un brillo estético tras la caricia marina. Pedí un cigarrillo; la llama del encendedor se mecía y comenzó a consumir los primeros trozos de tabaco y papel cuando le di un pitazo fuerte, queriendo succionarle la vida. Los ojos cerrados.

Desde el sur –desde donde yo había llegado–, sentí un zumbido suave; se incrementó de a poco y se sostuvo un momento que pudo ser toda una existencia, luego aumentó y se convirtió en una mancha color naranja perlado que se materializó en un aventador, y paró frente a mí, en el camino. Me miraste con tu cara redonda y sonreíste. Boté el cigarrillo y me acerqué.

Hacia el horizonte, al oeste, una extensión infinita de tierra. Y más allá, el mar; lo sabía porque escuchaba a las olas atacar las rocas unas veces y acariciar la arena de la playa, otras. Hacia el norte, un valle, tu destino. El polvo se levantaba arremolinado entre zumbidos. Te pregunté para dónde ibas; me dijiste que atravesarías grandes campos primaverales en los que la luna es tan brillante como el sol y su luz tan perfecta y delicada, que puedes ver las estrellas titilando, como pequeños corazones resplandecientes, agitadas por la negrura de su soledad inmediata; también mencionaste angostos caminos serpenteantes, rodeados por árboles cuyas hojas caídas ocultarían tu destino bajo un sol otoñal; y mares tan cristalinos que solamente la sensación de frescura en tu cuerpo indicarían que te sumergiste en ellos, porque a simple vista, los peces parecerían exóticas aves tropicales de bajo vuelo. Finalmente me hablaste de un lago gélido al final del mundo; un sitio tan callado, apacible, que ni el agua murmura cuando lleva a cuestas la escarcha derramada por pequeños glaciares; un lugar, donde me dijiste, pensabas encontrar un poco de paz.

Te miré una última vez y te envidié ¿Sabes? Quise ir en el auto contigo, pero era un monoplaza, además, aún no era mi momento. Aunque sé que no lo necesitabas, te deseé suerte en tu viaje; yo sabía, con toda seguridad, que no la necesitabas. Aceleraste y un rugido hizo temblar el aire. Arrancaste, mirándome con tus grandes ojos oscuros y tu cabello bien peinado, y te llevaste al sol contigo descubriendo un cielo oscuro, vacío, a tus espaldas, sobre mí; dejando una estela de silencio que se prolongaba en todo el espacio que ibas abandonando.

Lamenté tu partida, añorando. Levanté mi mano para despedirme, a pesar de que no la verías. Te deseé paz.

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