Ajeno

…mi abuelo y mi padre llevaron el trabuco con la esperanza de cazar milanos, y el que se acuesta conmigo

(pero que no me ha visto desnuda, Ana)

se quedó mirándolos apoyado en un tronco de acacia, callado e insignificante como siempre, tan callado como yo en mi cuarto a lo largo de los días, tan callado como yo, encerrada entre el perfume de flores de la diabetes, apoyado en la acacia sonándose, mirándome y olfateando la brisa, y de repente me di cuenta de que se iba, me di cuenta de que ya no se quedaría conmigo en la vivienda de la Quinta do Jacinto machacada por el traqueteo de los trenes, me di cuenta de que ya no me hablaría, durante la noche, de episodios antiguos en una casa que había dejado de existir, donde un aria de ópera bajaba del desván como la lluvia meona de octubre, quise llamarlo por su nombre, quise decirle Espera, mi tía buscaba su propia sangre en las dunas, los pinos ceceaban al viento, el que se acuesta conmigo abandonó el tronco de acacia y corrió unos pasos agitando las mangas hacia arriba y hacia abajo,

(Qué se habrá hecho del Señor Jorge en Tavira, qué se habrá hecho del Señor Fernando, y de Doña Anita, y de Doña María Teresa, y de la costurera, y del hijo de la costurera, y de la otra, ellos creen que no vi a la otra pero la vi, la que tal vez sea mi madre, dándole cuerda al gramófono)

y tropezó con un canal de riego, y cayó, y se levantó, y volvió a correr,

(y yo a él No te vayas, dado que me había habituado a su silencio, dado que me había habituado a tenerlo, a que le gustara, en el banco del nogal, dado que acaso me gustaba, Ana, pese a que le impedía que me acariciase)

y se levantó unos centímetros, con su sombrero tirolés, encima de las cebollas, del trébol, del apio, de las patatas, y yo Quédate, y mi tía, paseándose entre los llorones, Jaras, y apestaba a pescado y las gaviotas iban y venían de la plaza hacia el mar y del mar hacia la plaza,

(y yo que le pedía Bésame, y yo que lo invitaba Tócame, estoy aquí, tócame)

y se elevó más, y comenzó a subir, y traspasó la copa de la acacia, y yo me acordaba del snack-bar, me acordaba de las infusiones de limón contra la gripe, me acordaba de la sonrisa, me acordaba sobre todo de la sonrisa, No me dejes, háblame de Ericeira, háblame de Benfica, háblame, abrazado a mí, de cómo era tu vida antes de conocerme, y mi padre y mi abuelo en las tomateras husmeando milanos, y mi abuela que freía pescado en la cocina, y mi tía en busca de sí misma en las dunas,

(Jaras)

y él se distanció del árbol y continuó subiendo, ya apenas distinguía sus facciones, ya apenas distinguía su sombrero tirolés, ya apenas distinguía su gabardina, la sirena se callaba y recomenzaba y él era una gotita encima del pueblo, encima de Esposende que detesto, detesto Esposende, Vuelve, yo pedí Vuelve, Ana, pedí Vuelve, no me molesta que os burléis de mí, Vuelve, conversa conmigo, vuelve, prometo que no volverás a sentarte en el banco de piedra de la parte trasera, acuclillado entre el centelleo de las coles, perdona,

y en esto mi abuelo lo señaló con el dedo, Mira uno allá que se escapa, Domingos, mi padre levantó la escopeta, todo se detuvo con el estampido, las hortalizas, la acacia, las gallinas, los edificios de la plaza, las gaviotas, y yo entré muy deprisa a casa para no verlo desplomarse, sangrando, en el huerto…

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El orden natural de las cosas – António Lobo Antunes

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