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mi compañera

Eres mi compañera, la que elijo siempre con amor
eres la que me quita la cordura
cuando te alejas, para mí es pura tortura
y al volver tú, llega contigo mi razón

El camino es largo al viajar solo
la estadía tediosa estando solo
Se me inunda el alma de amagura
al saberme extinto en tu corazón

Soy el compañero que elegiste
soy el que andará a tu lado este camino
seré tu apoyo y guía cuando me necesites
Te confieso: Espero no alcanzar nuestro destino

Deseo seguir viajando contigo
entre alegrías, tristezas, mundos reales o inventados
Y cuando tengas frío darte abrigo
o cuando tu corazón tenga calor ser yo el testigo
de su maravillosa desnudez arcana
y aprovechar y alimentarme del amor que emana
y cubrirlo luego con el mío
así este amor será tuyo y mío
por siempre, hasta que nos venga en gana
hasta que estemos acabados

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cuento [fragmento]

¿Cuántas veces le advertirían sobre los peligros del monte? Unas veinticinco, mal contadas. Veinte su madre y otras cinco su padre, sí, porque él era callado aunque la miraba siempre con amor, y las cosas se las decía con su vozarrón que la arrullaba. Se lo dijeron tanto, y tanto y tanto y tanto, que al final dejó de prestar atención y las palabras lo único que produjeron fue un entumecimiento en su cerebro con la repetición, de manera que las frases perdieron su destino. Hay que darles el beneficio de las primeras tres a cada uno, pero luego ella se abrumó y debido a su naturaleza impaciente, impulsiva, simplemente dejó de entender porque así lo dispuso. Porque a ella, la de los ojos tan oscuros y tan brillantes tanto en la noche como en el día; a ella, de cabellos finos y tostados, y de sonrisa que ocupa medio rostro; a ella sólo le interesaba descubrir el mundo, únicamente eso, porque su corazón se lo susurraba cada noche, cada mañana al abrir los ojos y percatarse de que quien miraba hacia el techo era su alma, no otra, y entonces su corazón —con latidos suaves primero y luego rápidos— le imploraba que se atreviera a ir más allá de la empalizada. Se lo dijo a su madre, que al escucharla supo que nada la detendría porque la conocía como a sí misma, era verse décadas atrás; su hija era su extensión,  una estela que por serlo, no era menos intensa que el núcleo que la engendró; continuaba siendo la misma esencia. La madre, luego de varias noches en vela, decidió contarle al padre quien conocía los peligros que acechaban más allá de los límites de la casa, unos límites que él había extendido con todo el sudor de su juventud, todo excepto el que se le derramaba por las noches junto al de su mujer en la intimidad.

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náufrago

Abro los ojos en la hora en que la mayoría de los que ambicionan con algo
se alistan para alcanzar sus sueños de a poco
de a día
me revuelco en la cama y escucho los primeros vehículos rugir
escucho las carretas sobre un asfalto que les niega tranquilidad
busco el sueño, pasmado como quien tiene demasiadas preocupaciones
o como el que ya no tiene ninguna y espera su turno
Sin notarlo, caigo
las carretas, la gente, avanzan.

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Extraviado

Aquí estoy. En medio de nada, en el interior de un país sin nombre; un lugar en el que se extienden cultivos a este y oeste, en el que la única certeza es un sol que vierte odio sobre mí. Lo demás se va creando conmigo; la carretera que divide la planicie, generada, en la tierra estéril, por las toneladas sobre el caucho que viajan y dejan únicamente un recuerdo polvoriento con su paso apresurado; los árboles que se asoman, de aspecto milenario, sombrío, y contemplan el mundo y su degradación. La extensión es infinita, irreal. Sigo el camino creado por la civilización; me pregunto qué llevarán las volquetas a cuestas en una zona en la que sólo parecen existir cultivos triviales, básicos para la subsistencia y me pregunto dónde está el dueño de cada plantación porque la presencia humana, aparte de mí, es nula, incluso en los vehículos que no tienen descanso y se dedican a pasar de manera monótona, viciada.

Sigo en solitario, sin buscar un destino específico mas sí una salida de algún tipo. Los pasos me acercan a una encrucijada. El sol es ahora cosmético. En la tierra árida se imponen los árboles, inmensos, con tanta existencia en sí mismos que lucen indiferentes ante la vida y la muerte; sus ramas se abrazan, se unen y simulan una noche de luna menguante en la que las sombras no dejan morir completamente los detalles. Te telefoneo desde allí y te cuento de este lugar, de cómo los troncos se alzan imponentes y no permiten que nada los intimide; que los árboles emanan presencia y no sé explicártelo; y te digo que los fotografiaré para ti, que luego te los mostraré, y con eso te miento; te digo también que me encantaría que estuvieses aquí, pero me guardo la razón.

El camino me da tres opciones, porque el retorno nunca fue la cuarta. Da igual cuál escoja. Saco un mapa de mi bolsillo; me ubico en él, me doy cuenta de que estoy en un valle africano, en una nación que no existe. Estoy perdido. Si pudiera despertar en este instante, no conseguiría regresar, no encontraría la salida que ahora dudo si busco; una parte de mí permanecerá extraviado en esta encrucijada en la que seguir una dirección significa errar hasta el infinito, o en la que quizás no habrá más que esto. Una parte de mí permanecerá extraviado, la parte que no pudo despertar, no pudo, que no pudo escapar; esa parte de mí que te escribe esto, para que sepas que no te olvido a pesar del espacio y la distancia que aquí no existen ya; desearía enviarte una fotografía de esos seres que no me juzgan, que sólo parecen mirarme sin curiosidad mientras no me decido.

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fragmento [en_proceso]

Mi mamá quiere mucho a mi hermanito, y mi papá. Yo también lo quiero, pero él de mí no se deja. Cuando está jugando yo me le acerco; yo quiero abrazarlo y darle besos como hace mi mamá con él, y acariciarle la cabeza con la mano, como peinándolo; yo me le acerco y ahí mismo se pone a llorar. Mi mamá se enoja conmigo por eso, pero yo no hago nada malo, yo creo que no hago nada malo, si solo lo quiero acicalar como hace ella; entonces me dice que lo deje quieto y ella se le acerca y comienza a hacerle mimos, los que no me hace a mí y le quiero hacer yo a él ¿Por qué no me los hace a mí? Doña Graciela también se los hace a Anita. A él le habla bonito y le da picos en la frente, en cambio a mí me habla como si yo fuera el niño que hace mandados, que le dice haga esto y aquello, aunque a él le da las gracias. A mí no. Mi hermanito es muy consentido; me gustaría ser consentida, que mi mami me cepille el pelo… como doña Graciela se lo cepilla a Anita; yo a mi muñeca la peino pensando que soy mi mamá, entonces ahí mi muñeca se llama Sandra como yo, Sandrita le digo, aunque para los demás es Marta, que no tienen que saber. Le doy besos en la frente y le canto para que se duerma; no la dejo sola hasta que se duerma, así como mi mami hace con mi hermanito. También la visto con ropa muy muy bonita que le hace mi papá; él es… es… él hace ropa y la gente se la compra porque le queda muy bien y porque huele muy rico; como él. Pero la que le queda mejor es la que hace para mí y para Sandrita porque la hace con mucho amor; eso me lo dice al oído pasitico. Yo casi nunca lo veo; cuando lo veo, es de noche; él entra y yo voy y lo abrazo y él me levanta, me da un beso en la mejilla y me baja; mi mamá mira desde el corredor con los brazos cruzados. Siempre está cansado, yo sé porque él le dice mucho eso a mi mami y porque sus ojos están igualitos a los míos cuando me miro en el espejo al levantarme muy temprano para el baño. Es muy serio pero yo sé que me quiere porque cansado y todo me abraza y me da vueltas y vueltas en el aire y yo me río mucho; y cuando me habla, él me mira, siempre me mira y a veces se sonríe, pero cuando está mi mamá, ya es como si yo no estuviera ahí. Ella casi nunca me mira cuando me habla, en cambio a mi hermanito sí; cuando le da compota, cuando lo viste, cuando lo peina después de bañarlo… Entonces yo no sé ¿Será que mi mami sí me quiere? Si no fuera siempre tan brava conmigo, le preguntaría. Yo quiero que me quiera, pero yo no sé cómo.

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Ajeno

…mi abuelo y mi padre llevaron el trabuco con la esperanza de cazar milanos, y el que se acuesta conmigo

(pero que no me ha visto desnuda, Ana)

se quedó mirándolos apoyado en un tronco de acacia, callado e insignificante como siempre, tan callado como yo en mi cuarto a lo largo de los días, tan callado como yo, encerrada entre el perfume de flores de la diabetes, apoyado en la acacia sonándose, mirándome y olfateando la brisa, y de repente me di cuenta de que se iba, me di cuenta de que ya no se quedaría conmigo en la vivienda de la Quinta do Jacinto machacada por el traqueteo de los trenes, me di cuenta de que ya no me hablaría, durante la noche, de episodios antiguos en una casa que había dejado de existir, donde un aria de ópera bajaba del desván como la lluvia meona de octubre, quise llamarlo por su nombre, quise decirle Espera, mi tía buscaba su propia sangre en las dunas, los pinos ceceaban al viento, el que se acuesta conmigo abandonó el tronco de acacia y corrió unos pasos agitando las mangas hacia arriba y hacia abajo,

(Qué se habrá hecho del Señor Jorge en Tavira, qué se habrá hecho del Señor Fernando, y de Doña Anita, y de Doña María Teresa, y de la costurera, y del hijo de la costurera, y de la otra, ellos creen que no vi a la otra pero la vi, la que tal vez sea mi madre, dándole cuerda al gramófono)

y tropezó con un canal de riego, y cayó, y se levantó, y volvió a correr,

(y yo a él No te vayas, dado que me había habituado a su silencio, dado que me había habituado a tenerlo, a que le gustara, en el banco del nogal, dado que acaso me gustaba, Ana, pese a que le impedía que me acariciase)

y se levantó unos centímetros, con su sombrero tirolés, encima de las cebollas, del trébol, del apio, de las patatas, y yo Quédate, y mi tía, paseándose entre los llorones, Jaras, y apestaba a pescado y las gaviotas iban y venían de la plaza hacia el mar y del mar hacia la plaza,

(y yo que le pedía Bésame, y yo que lo invitaba Tócame, estoy aquí, tócame)

y se elevó más, y comenzó a subir, y traspasó la copa de la acacia, y yo me acordaba del snack-bar, me acordaba de las infusiones de limón contra la gripe, me acordaba de la sonrisa, me acordaba sobre todo de la sonrisa, No me dejes, háblame de Ericeira, háblame de Benfica, háblame, abrazado a mí, de cómo era tu vida antes de conocerme, y mi padre y mi abuelo en las tomateras husmeando milanos, y mi abuela que freía pescado en la cocina, y mi tía en busca de sí misma en las dunas,

(Jaras)

y él se distanció del árbol y continuó subiendo, ya apenas distinguía sus facciones, ya apenas distinguía su sombrero tirolés, ya apenas distinguía su gabardina, la sirena se callaba y recomenzaba y él era una gotita encima del pueblo, encima de Esposende que detesto, detesto Esposende, Vuelve, yo pedí Vuelve, Ana, pedí Vuelve, no me molesta que os burléis de mí, Vuelve, conversa conmigo, vuelve, prometo que no volverás a sentarte en el banco de piedra de la parte trasera, acuclillado entre el centelleo de las coles, perdona,

y en esto mi abuelo lo señaló con el dedo, Mira uno allá que se escapa, Domingos, mi padre levantó la escopeta, todo se detuvo con el estampido, las hortalizas, la acacia, las gallinas, los edificios de la plaza, las gaviotas, y yo entré muy deprisa a casa para no verlo desplomarse, sangrando, en el huerto…

El orden natural de las cosas – António Lobo Antunes

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