Propios, reseña

Sangre en los jazmines [Hernando Téllez]

Mal enemigo ~ Enemigo malo: Diablo

Mi primera impresión de Téllez fue que era un escritor que gustaba de mostrar las cosas de forma concisa, sin complicación aparente para el lector, pero que adentrándolo en un ambiente tenso y que al final parece abofetearlo, lo cual, en mi opinión, realiza con efectividad. Mi siguiente experiencia fue con “Sangre en los jazmines”, cuento que relata la historia de un joven y su mamá, ambientado en la problemática social y política de la Colombia de la primera mitad del siglo veinte. El joven, Pedrillo, “un mocetón de veinticinco años, lo que se llama un mocetón, bronco y fuerte, a quien le decían Pedrillo por puro chiste” (manera en que lo describe Téllez) es buscado por los guardias rurales en su casa; antes de ser encontrado, este alcanza a escapar pero regresa a auxiliar a su madre que es atacada por “esos malditos hombres (…)”; con la mala fortuna de ser atrapado y torturado siendo además su madre testigo de la excitación con que los guardias lo iban ejecutando.

En el cuento, Téllez nos muestra a un Pedrillo adolorido, lastimado [“Las heridas del brazo habían tomado una escandalosa coloración de tomate maduro y el brazo abultaba hasta reventar”], realmente adolorido, tan gráfico en su descripción y tan simple, tan eficaz, haciendo sentir (como sintió la pobre mamá Rosa) al lector como suyo, el dolor de Pedrillo. Nos muestra a un Pedrillo adolorido y mermado, pero ansioso por pelear y más que por él, por mamá Rosa; lo deja claro Téllez; porque morir era fácil, pero que fuera torturado ante mamá Rosa “lo atormentaba más que todo”. Nos muestra también a su madre, la de Pedrillo; una mamá Rosa caricaturesca en su descripción [“con su mata de pelo, partida en dos”] y preocupada lo más que podría preocuparse una madre por su hijo, con el rostro “vuelto ceniza” al ver llegar a los guardias. Describe Téllez a mamá Rosa como una más de esas madres viviendo en la Colombia de esa época y tan consciente de ello: “Si me matan, que me maten. Dios sabrá. Tantas otras Mamás Rosas habían muerto así en los últimos meses que ella no iba a ser ciertamente una novedad”.

La historia es narrada por una tercera persona que lo sabe casi todo; a veces es aseverativa a veces dubitativa, y siempre es empática con mamá Rosa y con la situación de Pedrillo. Esto último introduce la idea de que lo que viven estos dos personajes lo vive quien narra, percatándose uno de que realmente no es así y haciendo difuso por momentos discernir quién siente qué en el cuento. Lo que sí es claro es lo intrínseco de la relación entre los sentimientos de Pedrillo y mamá Rosa, significando esto que Pedrillo y mamá Rosa son un solo personaje y por ello comparten el mismo dolor.

Son muchas las cosas que me agradan de Sangre en los jazmines: No se torna prolijo al relatar, no es presuntuoso con el lenguaje permitiendo así un nicho más amplio para los lectores, no se ase de descripciones chabacanas ni de palabras toscas; cosa que a mi parecer puede estar caracterizando a su autor. Tiene además (el relato) un toque fino de poesía inherente; abrazado en su estructura por una anáfora al principio de ciertos párrafos y que es el primero de ellos el que da el primer paso pero de manera sutil.

A pesar de lucir quizás sencillo, sin muchas ambiciones en su narrativa, Sangre en los Jazmines pareciera haber sido muy mimado al momento de escribirse y pulirse. Su intención inicial es la generar tensión, drama, pero en cada releída se descubre algo nuevo en el relato, ya sea de la historia o de los personajes. El final, los dos últimos párrafos son impresionantes, condensan todo lo que se experimenta en la lectura de los anteriores. El penúltimo de por sí podría ser el final del cuento, pero por alguna razón Téllez nos da un bono con ese último párrafo que sería pecado no canjearlo. Esa última escena que me obsequia Téllez la imagino como un western en tecnicolor proyectada en una pared y yo viéndola emocionado, casi descompuesto, deseando noséqué en ese final antes de que la película comience a palmear el carrete.

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